Establecer un diagnóstico de la situación de la subcontratación industrial es una tarea complicada. En primer lugar, se trata de un sector transversal que abarca múltiples actividades, desde las mecanizaciones y transformaciones metálicas hasta la electrónica o los moldes. En segundo lugar, el destino de sus productos también es variado: el mercado de componentes de automoción quizá sea el más conocido, pero otros ámbitos como el energético o las telecomunicaciones también requieren de un extenso parque de subcontratistas. Por último, como consecuencia de esta horizontalidad que atraviesa el conjunto de la actividad industrial, los censos y datos -generalmente establecidos en función de sectores o productos claramente delimitados- sobre su tamaño y relevancia son escasos. Los últimos datos disponibles, extraídos de un informe elaborado por las Cámaras de Comercio españolas, se refieren a 2008. Este estudio apunta a un tejido industrial que incluiría 13.000 empresas y emplearía a 270.000 personas.

Obviamente, la situación ha cambiado mucho en estos últimos cinco años. Lo que sí se puede seguir afirmando es que la subcontratación industrial supone aproximadamente el 10% del PIB de nuestro país y en algunas comunidades autónomas, como el País Vasco, Navarra y Cataluña, supera el 20% explican desde el Área de Internacionalización de la Cámara de Comercio de Bilbao.

A pesar de la escasez de estadísticas, es posible hacer una evaluación, si acaso de carácter más cualitativo, sobre lo que ha supuesto la crisis para el sector. Teniendo en cuenta que el perfil de sus empresas varía desde los talleres familiares hasta las grandes compañías internacionalizadas, la casuística es muy variada. En términos generales, la pérdida de confianza y la inestabilidad tuvieron como primera consecuencia que las empresas contratistas optaran por reducir drásticamente su stock.

Las respuestas a este golpe fueron, y están siendo todavía, tan dispares como los perfiles de cada firma. No obstante, se pueden distinguir algunos patrones. Por un lado, muchas de las empresas más débiles, dependientes, en algunos casos, de unos pocos clientes, están desapareciendo. Por otro, se han dado casos de fusiones con la intención de obtener la masa crítica necesaria para afrontar la coyuntura actual. Común a todos, una demanda urgente: “Es vital recuperar el acceso al crédito ya. En los últimos meses hemos mejorado la competitividad y así lo muestran los indicadores. Sin embargo, esta mejora ha venido impulsada exclusivamente por las reformas en el aspecto laboral, tanto en lo que respecta a despidos como a reducción salarial. Se necesita también, una mejora de los medios de producción para ser competitivos y esto se consigue pudiendo acceder a la financiación.

Afinar la puntería

A pesar de la incertidumbre, no hay que dejarse llevar completamente por el pesimismo. Más del 50% de las empresas subcontratistas en España proveen al sector de la automoción, el cual ya está dando señales de recuperación (el pasado mes de septiembre, las ventas de coches crecieron un 28,5% en nuestro país). Asimismo, el mercado aeronáutico también se perfila como una fuente de oportunidades, mientras que un sector con aparentemente menor tradición industrial, como el médico-hospitalario, recurre con mayor frecuencia a la subcontratación y, además, demanda productos de alto valor añadido.

Este último punto es crucial. Una de las características de la subcontratación industrial es que fabrica productos por encargo. La creciente sofisticación en muchos sectores exige que sus proveedores estén a la altura. Hay que tener en cuenta que es un sector en el que los medios de producción son vitales. No puedes quedarte atrás ni perder competitividad. Necesitas continuamente mejorar, readaptarte, actualizarte. Un esfuerzo duro pero que se torna casi imprescindible si una empresa pretende optar a los mejores contratos y, como veremos en el siguiente apartado, diferenciarse de la competencia de otros países.

Muchas empresas tienen complicado encontrar la financiación deseada. El efecto es un círculo vicioso del que es difícil salir: sin crédito no se puede modernizar la tecnología y, por lo tanto, no se puede optar a los mejores contratos, los cuales, a su vez, hubieran saneado la situación del subcontratista. Unas circunstancias aún más graves para aquellas empresas que dependen, en su mayor parte, de un mercado nacional gravemente herido.

Los mercados europeos, principal destino de nuestras exportaciones, parecen haber superado la crisis y los mercados emergentes ejercen una atracción cada vez más intensa. El futuro parece más benigno en los horizontes allende nuestras fronteras.

Como tendencia general y mientras no cambien las circunstancias, la internacionalización alimentará el desarrollo de aquellas empresas que ya habían dado ese paso antes de la crisis.

En todo caso, hay otras formas de acceder a los mercados internacionales. El llamado “efecto arrastre” es habitual en el sector y son bien conocidos y estudiados los ejemplos en el sector de la automoción. En estas situaciones, sin dejar de suponer una inversión fuerte, la empresa tiene asegurado, al menos, un cliente que la conoce y que confía en sus servicios, por lo que el riesgo se atenúa. De hecho, en la subcontratación industrial, las relaciones entre contratista y subcontratista tienden a ser duraderas. Cambiar de proveedor no es algo fácil ni deseado.

Guste o no, la internacionalización es imprescindible. Pero no cualquier producto es exportable. Algunos lo tendrán más fácil que otros. Tenemos la competencia muy cerca y contra eso debemos luchar, aportando otro tipo de armas, como el desarrollo de producto. El valor añadido, la tecnología, el servicio al cliente y la detección del nicho de mercado adecuado: esos son los pilares en los que se puede apoyar una estrategia de internacionalización que nos diferencie de la competencia.

Fuente: El Exportador (ICEX)

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